
Dirigida por Amat Escalante y protagonizada por Jesus Moises Rodríguez, Ruben Sosa, Nina Zavarín y Kenny Johnston, Los bastardos llegó al Festival de Sitges precedido por el aplauso de la crítica por su paso por Cannes.
La película narra la historia de Fausto y Jesus, dos indocumentados mexicanos que viven en Los Angeles.
Un buen día, tras realizar un trabajo esporádico en una finca, deambulan por la ciudad hasta bien entrada la noche, encontrando una ventana abierta en un casa aparentemente vacía. Los dos jóvenes entrarán en ella en busca de algo de dinero.
Sin duda alguna, Amat Escalante es uno de los nombres a tener en cuenta en la nueva hornada de cine mexicano junto a Carlos Reygadas, quien precisamente produce Los bastardos.
Valedor de un cine pausado y contemplativo de raices claramente costumbristas, que entra en claro contraste tanto con su demoledora crítica social como con su violencia inherente y ocasionalmente explícita, el director de Sangre nos ofrece un título tan complejo de visionar como redondo en su mensaje, más propenso al debate que al juicio.
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Los bastardos deja bien claras sus premisas ya en su escena introductoria, donde nos muestra a sus dos protagonistas aproximándose desde el horizonte a través de un plano secuencia de dos minutos de duración que habría provocado un mínimo de tres soplos cardíacos a Michael Bay, rompiendo su silencio con una demoledora guitarra eléctrica y sonidos industriales herederos de Funny games.
Pero no nos engañemos: poco o nada tiene que ver Los bastardos con la(s) película(s) de Michael Haneke, aparte de su afán de provocar la reacción y el debate en el espectador.
(A partir de aquí, la crítica contiene spoilers a mansalva)
Por su parte, Amat Escalante nos brinda un delicioso retrato costumbrista de la inmigración en Estados Unidos, un reflejo del desarraigo a través de dos jóvenes marginales en busca de una identidad, una familia, una estabilidad, en una sociedad que los desprecia y considera abiertamente inferiores. Es a través de dicho punto que la película de Amat escalante cobra una fuerza inusitada, una vitalidad manifiestamente crítica que se encuentra muy por encima de su poco convencional forma, léase un metraje exasperantemente lento y una acción casi inexistente.
De este modo, Amat Escalante juega con nuestros propios prejuicios ya a partir de la apariencia de sus protagonistas, donde el personaje interpretado por Rubén Sosa es etiquetado automáticamente como 'peligroso' en el subconsciente del espectador, en contraste con un tímido Jesús Moisés Rodríguez que parece dejarse llevar por los actos vandálicos de su compañero.
Así pues, el giro final de Los bastardos resulta tan efectista en forma como efectivo en fondo, sacudiendo los prejuicios y conciencias de un espectador que ha estado apuntando con dedo acusador hacia otro lado, en un desenlace que, por otro lado, concede una fuerza y lógica inusitadas a todas y cada una de las secuencias que la han precedido, racionalizando así los actos perpetrados por su verdadero protagonista, un ser oprimido por los prejuicios sociales que a lo largo de todo el metraje ha tratado de equipararse a los odiados gringos (lleva las mismas bambas que yo), y que halla en una casa ajena algo remotamente similar a ese hogar del que se considera merecedor y que finalmente ha obtenido gracias a la fuerza que el arma de su compañero le ha conferido, por lo que el intento de usurpación de dicho cetro de poder desembocará irremediablemente en un castigo, por contra, más cercano al acto reflejo que a un dictamen de la razón.
Por ello, las lágrimas del protagonista en el epílogo de Los bastardos poseen una fuerza arrebatadora, una triple lectura repleta de ambigüedades que constituye un cierre magistral a la película de Amat Escalante. Porque, ¿son las lágrimas de Jesús producto del acto cometido, de la pérdida de un ser querido, o de su regreso a su estatus social de paria?
Fuente sinpelosenlalengua-cine.blogspot.
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